Tristeza y desolación: Venezuela ya no busca sobrevivientes y el saldo oficial hasta ahora es de 2.295 muertos y alrededor de 50.000 desaparecidos

Miles de familias recorren montañas de escombros con la esperanza de hallar a sus seres queridos para darles sepultura
 
Internacional01/07/2026ClaudiaClaudia

Una semana después de los terremotos que devastaron la costa norte de Venezuela, la prioridad de los equipos de emergencia dejó de ser encontrar sobrevivientes y pasó a la recuperación de cuerpos. Con un saldo oficial de 2.295 muertos y unos 50.000 desaparecidos, según estimaciones de Naciones Unidas, las tareas de búsqueda entran en su etapa final mientras miles de familias recorren montañas de escombros con la esperanza de hallar a sus seres queridos para darles sepultura.

En las zonas más castigadas del estado La Guaira, a unos 40 kilómetros de Caracas, el panorama cambió drásticamente. Allí donde durante los primeros días se trabajaba contra reloj para localizar personas con vida, ahora predominan el silencio y las marcas pintadas sobre las fachadas de los edificios destruidos. La letra “D”, inicial de dedied (“muerto”), indica que el inmueble ya fue inspeccionado y que no existen expectativas de encontrar sobrevivientes bajo los restos de hormigón.

“La gran mayoría” de las edificaciones colapsadas ya fueron marcadas con esa letra, explicó Javier Rodes, coordinador de un equipo español de rescate. “No se pierde el tiempo en un lugar donde no se espera recuperar personas con vida”, resumió el especialista, reflejando el cambio de objetivo de un operativo internacional que movilizó a más de 2.000 rescatistas, cerca de 160 perros especializados y delegaciones provenientes de 27 países.

En algunos edificios, tras la inspección, las autoridades agregaron una “X” y la palabra “demoler”, señal de que las estructuras deberán ser derribadas por el riesgo de nuevos derrumbes.

La búsqueda de los cuerpos

Aunque las posibilidades de encontrar sobrevivientes son prácticamente nulas, decenas de familias se resisten a abandonar los lugares donde desaparecieron sus allegados.

“Nos gustaría tener el cuerpo de nuestros familiares y darle un entierro digno”, dijo Helén Guedez, que continúa removiendo escombros donde vivían su padre, su hermana y su abuela. El edificio donde residían ya fue marcado con la letra D, pero ella insiste en permanecer allí mientras una retroexcavadora retira enormes bloques de cemento.

Una situación similar vive Gabriela Pérez, quien busca a sus cuatro hijos y a su madre entre los restos de cuatro edificios derrumbados en Caraballeda. “Aquí no salen ni vivos ni muertos”, protestó también José Rafael Cumare, cuyo hijo permanece desaparecido. “Que los saquen para siquiera tener sus cuerpos”, reclamó por su parte Gladys Barrios, de 76 años.

La desesperación aumentó después de que varios equipos especializados descartaran la existencia de señales de vida. En uno de los operativos más recientes, rescatistas estadounidenses trabajaron durante seis horas en un edificio del complejo Aguja Azul, en Catia La Mar. Con cámaras de visión de 360 grados, equipos acústicos y perros entrenados lograron detectar inicialmente un leve sonido semejante a golpes sobre una tubería, pero luego el silencio fue absoluto.

“Si no tenemos una señal de que la persona siga con vida, no podemos continuar”, explicó una de las socorristas al comunicar la decisión de abandonar el operativo.

El único rescate milagroso de las últimas horas fue el de un niño de tres años hallado con vida por un equipo jordano, un episodio excepcional que alimentó durante algunas horas la esperanza de quienes aún aguardaban noticias.

Miles de desaparecidos y cifras en discusión

Las propias cifras oficiales muestran la magnitud del vacío. Según las autoridades, el día de los sismos había unas 30.000 personas en La Guaira; 6.461 fueron rescatadas y más de 13.000 lograron salir por sus propios medios o con ayuda de vecinos y familiares. Del resto no existe información oficial.

La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, decretó siete días de duelo nacional y aseguró que “Venezuela tiene el alma rasgada por las pérdidas humanas causadas por los devastadores terremotos”.

La emergencia humanitaria

Con las tareas de rescate prácticamente concluidas, la crisis humanitaria ocupa ahora el centro de la escena. Miles de personas permanecen alojadas en estacionamientos, canchas deportivas y campamentos improvisados, muchas de ellas sin acceso regular a agua potable, alimentos o refugio.

“El sol nos está quemando, la mayoría no tiene carpas”, contó Fátima Berroterán, vecina de un edificio severamente dañado. También denunció la falta de medicamentos y la presencia de numerosas personas con discapacidad entre los damnificados.

El gobierno habla de unos 16.000 afectados directos, aunque la ONU estima que la cifra podría alcanzar los siete millones de personas con distintos niveles de impacto.

El Programa Mundial de Alimentos solicitó 50 millones de dólares para asistir durante tres meses a unas 500.000 personas, mientras el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados advirtió que la ayuda resulta insuficiente y que comienzan a surgir tensiones por el acceso a los recursos.

A ello se suma el riesgo sanitario. La Organización Mundial de la Salud alertó sobre la posibilidad de brotes de enfermedades infecciosas debido al colapso de los servicios de salud, la falta de agua segura y las dificultades para mantener campañas de vacunación.

Un país devastado

Las imágenes satelitales de la NASA estiman que unos 58.000 edificios resultaron dañados o destruidos por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 registrados el 24 de junio, considerados entre los más violentos ocurridos en América Latina.

La ONU calcula pérdidas económicas por unos 6.700 millones de dólares, equivalentes al 6% del producto interno bruto venezolano.

Mientras las máquinas continúan retirando toneladas de escombros, la letra D se multiplica sobre edificios que hasta hace pocos días eran hogares frente al Caribe. Para miles de familias, esas marcas representan el final de la búsqueda de sobrevivientes y el comienzo de otra espera: la de recuperar los cuerpos de sus seres queridos para poder despedirlos.

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